Rabitos de pasas

Publicado: 28/05/2009
Cuando yo intentaba aprenderme una cosa y decía que me fallaba la memoria, mi abuela materna, que convivía con nosotros, me aconsejaba rabitos de pasas, que , decía, eran infalibles para ese menester.

Nunca los probé, se lo confieso a ustedes, porque tenían un aspecto tan poco estético y tan reseco que preferí la fuerza de los codos, que siempre ha dado tan buen resultado.

En este bendito país que nos ha tocado en suerte, hay muchos que deberían aplicarse el cuento y o bien comer papilla de rabitos de pasas, o empollar historia y empezar a cultivarse la mente.


Sinceramente no sé si llegará a algún lado la querella por prevaricación contra Garzón, que creo que no, porque no es más que una sucia argucia política de distracción, pero lo que sí les digo es que no entiendo y tal vez nunca llegaré a entenderlo, por qué la derecha española no echa lejía y amoniaco entre sus filas y despega los rancios planteamientos franquistas, convirtiéndose en una derecha europeísta y avanzada, que no le debe nada a eslóganes más pasados que la sosa cáustica y que en las urnas y en la opinión pública no le dan más que problemas.

Ya he dicho de mil maneras que pasados tantos años desde la Guerra Civil, sería hora ya de que las heridas se cierren, sin olvidar a los que cayeron y darles justa restitución, por lo que sufrieron, ellos y sus familias.
No creo que sea bueno políticamente para nadie, y además socialmente sería una ruindad y ya no digamos a nivel de generaciones futuras, echar tierra sobre el asunto… Más tierra aún, sobre tumbas abandonadas y perdidas y olvidarnos todos, de que en algún momento de nuestra historia, nuestro país derramó sangre inocente y sembró el odio por doquier. Hace poco un anciano de 84 años, refiriéndose a uno de mis artículos, sobre el peso de recordar el pasado, me dijo entre lágrimas:
“¿Y yo qué tengo que hacer, olvidar que me mataron a mi padre, para no abrir heridas?”.
Y ciertamente cualquier persona le respondería que no, que nadie puede pedirle que olvide a su padre, del que no sabe siquiera dónde está enterrado, que se entregó a la muerte segura, para que no mataran a su madre embarazada y con varios críos menores de 8 años.

Es curioso que, cuando estudiamos Historia antigua, podemos ser censores de nosotros mismos, pero si miramos nuestra Historia más reciente, nos pesa como una losa sobre el pecho, que ya va siendo hora de quitar y partir, para que deje pasar el aire fresco.

Los muertos, muertos están, pero no los que no están enterrados en el cementerio, ni sus tumbas son visitadas, porque se desconoce su ubicación, ni sus familiares pueden llorarles en paz... Y todo ¿por qué? Pues porque no somos capaces de tener grandeza como pueblo y nos vemos señalados con el dedo acusador, porque tal vez pensemos que si los que se rescatan del olvido traen malos pensamientos, los votos de las urnas pueden variar y entonces decimos a nuestros predicadores políticos que se enganchen la voz a las iglesias quemadas, que las hubo, a las checas, que las hubo, y a las muertes de curas, que también las hubo, pero que fueron devotamente rezados, aplaudidos y rescatados del olvido, hasta la saciedad, para beneficio de un régimen que lo mismo no les iba ni les venía, pero que los aprovechó en su propio beneficio.

Garzón no era más que una posibilidad de hacerlo bien, una esperanza que todos debíamos haber secundado, porque todos eran los nuestros, nuestra historia, nuestro pasado y quizás nuestro futuro, porque ya es hora que nos crezcan espolones de honradez y paguemos lo justo a los que sin justicia cayeron, para que la historia, que tiene la bajeza de repetirse para que no la olviden, nos coja, si no confesados, sí al menos, libres y limpios de espíritu.

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