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29/01/2023  

El cementerio de los ingleses

Numantia victa est

A veces, las empresas tienen la sartén por el mango mediante el despido, la degradación o medidas disciplinarias. La represalia es un arma poderosa

Publicado: 13/10/2022 ·
19:45
· Actualizado: 13/10/2022 · 19:45
Autor

John Sullivan

John Sullivan es escritor, nacido en San Fernando. Debuta en 2021 con su primer libro, ‘Nombres de Mujer’

El cementerio de los ingleses

El autor mira a la realidad de frente para comprenderla y proponer un debate moderado

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Permítanme, antes que nada, que felicite a la plantilla del Servicio de Ayuda a Domicilio una vez más. En esta ocasión, junto al Ayuntamiento de San Fernando, han conseguido llegar a un acuerdo con la empresa adjudicataria del servicio para la restitución en sus puestos de las dos coordinadoras degradadas hace poco. Del mismo modo, les agradezco la confianza por haberme informado de cuanto acontecía y por dejarme ser, de alguna manera, su «pitufín honorario». Su lucha ha sido ejemplar, adaptándose a las particularidades de su trabajo y combinando su jornada con las acciones de protesta para no desatender a las personas que necesitan de su asistencia. Chapó. También es cierto que, en su caso, el resultado ha sido diferente de los que dan lugar a la reflexión que quiero compartirles hoy. Y eso me alegra enormemente.

Como hijo de un herrero y una funcionaria y nieto de un herrero, un hortelano que consiguió entrar en Bazán y dos amas de casa de la posguerra (casi nada), tengo conciencia de clase. No es que sea hijo y nieto de la clase obrera, es que soy parte de ella. Esa que genera una riqueza que no recibe ni disfruta. Sin embargo, hay quien afronta los conflictos sociales y laborales poniéndose del lado del patrón o de la empresa. Como dijo aquel, «bendicen la vara que les golpea y besa la bota que les pisa». A fin de cuentas, el trabajo no parte de una negociación justa puesto que tampoco parte de una negociación: la necesidad del obrero hace que su contratación dependa de aceptar unas condiciones, sin opción de decir nada. Es, más bien, un contrato de adhesión: esto te ofrezco, tómalo o hay trescientos detrás de ti. En la defensa de Numancia que es la lucha obrera, unos mantienen la unidad y luchan mientras algunos traicionan a Viriato.

Vaya por delante que ahora me salgo del asunto de las pitufinas y voy a referirme (ya lo estaba haciendo en el párrafo anterior) al común de los problemas entre empresas y trabajadores. Los deterioros en las relaciones laborales suelen empezar por la misma vía: alguien se pasa de listo tratando de pasar por alto algún punto del convenio colectivo, algún apartado del contrato con el empleado y, en caso de las concesionarias de algún servicio público, algún artículo del contrato de licitación. Esto permite a la empresa en cuestión ahorrarse algún coste, dejar de pagar algún festivo o algunas horas extras e, incluso, dejar de dispensar algo pactado y cobrado para obtener un beneficio extra aparte de los generados por su propia actividad.

Llega aquí la parte más complicada. A veces, las empresas tienen la sartén por el mango mediante el despido, la degradación o medidas disciplinarias. La represalia es un arma poderosa. Lo normal, en estos casos, es acudir a la vía judicial. No obstante, hay un inconveniente: mientras la empresa tendrá recursos para sostener la situación el tiempo que haga falta, el trabajador no. Sigue teniendo que afrontar una hipoteca, pagar la luz, cumplir con la fea costumbre de comer tres veces al día... Es un combate desigual. Roma sitia Numancia y el conflicto es cuestión de tiempo. En el caso de que haya una concesión de la explotación de algún servicio público, la Administración tampoco tiene muchas opciones: también le quedará, en última instancia, la vía judicial y cargar con el coste político de las estrecheces que pase la familia o familias afectadas. Toca, por todas las partes, sentarse a negociar y eso ya es una ganancia para la empresa. A fin de cuentas, negociar es ceder y el trabajador tendrá que ceder en la pretensión de conseguir lo que es suyo, la empresa cumplirá lo que le toque a partir de la fecha del acuerdo que se alcance y la Administración será el convidado de piedra: los políticos que la gestionen temerán por los votos que hay en juego según se resuelva la negociación. En otras palabras, la empresa se marcha del bar sin pagar las cervezas y se compromete a pagar las siguientes si se le perdona esa cuenta pendiente. Numancia sufre las primeras bajas por inanición ante el sitio que sufre por Roma. Para seguir con la metáfora.

La Justicia, ese elemento diferencial cuyas resoluciones han de ir a misa es la clave de todo esto. En España está lastrada por falta de medios, maniatada por la saturación y caducada desde hace cuatro años. La lentitud resultante da ventaja a las empresas en estos conflictos: como he dicho, la empresa sigue funcionando mientras el trabajador no aguanta más y la Administración, si es el caso, poco más puede hacer. Al final, el trabajador tiene que comulgar con ruedas de molino y perdonar esa cuenta que se le debe para tener, a partir de entonces, lo que le corresponde y era suyo desde el principio. La bandera blanca de parlamento ondeada por la empresa es sinónimo de rendición parcial, media derrota para el trabajador. Una leve victoria con sabor a empate. Hay que dotar de medios a la justicia para revertir esta situación y que las relaciones laborales sean más justas. De lo contrario... Numantia victa est.

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